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Instalación de un Arzobispo Vigneron Homilía English

Miercoles, 28 de enero de 2009
Cathedral of the Most Blessed Sacrament
 
 
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Archbishop transition updates: www.aodonline.org/archbishop

Archbishop Allen H. Vigneron"Dios le concedió [a Tomás de Aquino] una sabiduría extraordinaria; él la aprendió sin malicia y la repartió sin envidia". (Antífona del Magnificat, 28 de enero, Memoria de Sto. Tomás de Aquino)

Más adelante, esta noche, durante las Vísperas por la Memoria de santo Tomás de Aquino, la Iglesia utilizará estas palabras para "alabar a su Señor", y con toda la razón, pues el don de la "sabiduría extraordinaria" que el Señor concedió a santo Tomás es definitivamente una de las "obras grandes" que Dios ha hecho por su pueblo (Lc. 1: 46, 49). Durante la Liturgia Sagrada del día de hoy, no sólo en el Oficio Divino, sino también en la Misa de esta Memoria, la Iglesia no se cansa de repetir su agradecimiento por el regalo que el Señor le ha otorgado en su hijo, Tomás, reclamado justamente como el "Doctor communis" ("Maestro de Todos") y elogiado adecuadamente como el "Doctor angelicus".

Al reflexionar en las gracias que colmaron la vida y el ministerio de santo Tomás, la Iglesia reconoce que la encarecida alabanza a la sabiduría que escuchamos en la primera lectura, enciende en llamas el corazón de Aquino y moldea cada día de su vida. Santo Tomás suplicó, y el espíritu de la sabiduría vino [sobre él]. La amó más que a la salud y a la belleza, incluso la prefirió a la luz del sol, pues su claridad nunca se oculta (Sb. 7:7,10). Trabajó día y noche, a menudo hasta el agotamiento, para hacer suyo lo que Dios, en Jesucristo, reveló como el entendimiento más profundo y penetrante sobre lo que debe ser primordial y más importante, y la manera en que dicho entendimiento debe guiar todos nuestros pensamientos y acciones.

Como santo Tomás hizo suya esta oración del Antiguo Testamento, y como Dios le otorgó lo que pidió, la Iglesia hoy da gracias a Dios en iglesias y en capillas a través del mundo, de la misma manera que lo estamos haciendo aquí, en esta Catedral Metropolitana. Pero nuestra memoria de santo Tomás tiene un carácter peculiar, uno que no es compartido con otra congregación. Durante esta liturgia, he ocupado el lugar en la cátedra que nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, me ha asignado, y les predico mi primer sermón y ofrezco mi primera Misa como su Arzobispo.

En la homilía para nuestra celebración de hoy, quisiera ayudarles a entender cómo se complementan estas dos acciones litúrgicas: el agradecimiento a Dios por otorgarle sabiduría a la Iglesia a través del ministerio de santo Tomás, y mi instalación como décimo obispo de Detroit.

La instalación de un nuevo obispo es siempre un motivo para que él se renueve en su identidad y misión. Pero este momento de gracia no es sólo para él, sino también para su Iglesia particular y para todos sus miembros. La Providencia ha hecho que mi instalación coincida con la fiesta de santo Tomás; esto nos recuerda que parte de la identidad de la Iglesia es ser depósito en la tierra de la propia sabiduría de su Señor, y de que es esencial para su misión que todos compartamos esta sabiduría. O, como Jesús nos lo dijo antes de su Ascensión, que hagamos "que todos los pueblos sean mis discípulos y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes" (Mt. 28: 19-20).

Gracias a que nuestros antepasados obedecieron con gran fervor esta gran comisión, tenemos la bendición aquí, en la Arquidiócesis de Detroit, de ver esta sabiduría divina expresada en la rica diversidad de idiomas y culturas de las comunidades que integran nuestra única comunión de fe.

San Pablo y San Juan, en los pasajes de sus escritos que hemos leído hoy, nos ayudan enormemente a aceptar la renovación de nuestra identidad y misión como siervos de la propia sabiduría de Dios, al delinear el perfil de dicha sabiduría.

En el Evangelio, San Juan nos indica lo que el propio Jesús determinó como la esencia de la sabiduría: amar. Esto es la sabiduría: "amarnos unos a los otros como [Él nos] ha amado" (Cf. Jn. 15:12). Esta sabiduría no sólo es algo de este mundo, algo humano. Es sobrenatural, es divina. Como Él nos ha amado, es que debemos amar. ¿Y cómo nos ha amado? Él nos dice: "como el Padre" le ha amado (Cf. Jn. 15: 9, con énfasis añadido).

El amor del Padre por su único Hijo es un amor que supera toda medida. El Padre da todo lo que es al Hijo; derrama su propio ser en el Hijo. El amor del Padre es el don total de sí mismo al Hijo. Al haber "aprendido" esta sabiduría sobre el significado más profundo de la existencia ["el ser"], cuando el Hijo vino encarnado a nosotros, nos amó en la misma medida, con la entrega total de sí mismo, y nos amó "hasta el fin" (Cf. Jn. 13: 1). Y nosotros, a cambio, si fuéramos sabios sobre lo que es primordial y más importante, entenderíamos que esta es la verdad sobre quiénes somos: estamos formados y hechos para entregarnos totalmente. Comprometerse uno mismo a amar hasta el fin es lo verdaderamente sabio. Esta sabiduría es la medida de todo nuestro pensamiento y nuestra acción, que aspira a ser verdaderamente sabia.

En la Epístola de hoy, San Pablo nos ofrece una sabia enseñanza sobre el amor en el contexto de este mundo caído, marcado tal como está por aquel rechazo del amor que es el pecado — el original de Adán y Eva, y cualquier otro que ratifica aquel primer pecado. San Pablo nos dice que la entrega total de uno mismo se sella con la cruz. Fue en la cruz donde Cristo "nos amó hasta el fin", nos amó con el amor que aprendió por haber sido amado por el Padre. Y nosotros, si amamos, debemos compartir en la cruz. En la entrega de uno mismo siempre estará la muerte a uno mismo.

Por eso es que, como dice San Pablo, la sabiduría del amor divino en este mundo parecerá tontería para quienes no tienen fe. Para quienes no reconocen que Cristo crucificado es la manifestación máxima del amor divino, Su muerte no puede parecer más que un absurdo. Sin embargo, quienes piensan como Dios, quienes por la luz del Espíritu Santo entienden a Dios de la manera en que Él mismo se entiende, reconocen que la impotencia de Cristo, aceptada voluntariamente por su amor a nosotros, es el acto del hombre más sabio, ya que es el propio acto de la sabiduría divina.

En cada época, la sabiduría de este amor crucificado ha sido confundida como algo absurdo por muchos, y a menudo se convierte en piedra de tropiezo en el camino hacia Cristo. Así sucede en nuestros propios tiempos, con nuestra ética de autonomía radical que, al ensalzar los derechos del individuo, no encuentra sentido en el sacrificio de uno mismo y de la comodidad y la conveniencia por amor a los demás.

Hay muchas maneras en que este conflicto entre la verdadera sabiduría de la entrega de sí mismo, y la seudo-sabiduría de la prepotencia, son demostradas en nuestra sociedad. Mencionaré tres de aquellas que me parecen las más lamentables. Primero: existe un conflicto entre quienes fundamentan su decisión sobre un estado de su vida o la selección de una profesión, en el discernimiento de la voluntad de Dios, y quienes hacen sus selecciones basados en la ganancia de riquezas, de seguridad o de la estima del mundo. Segundo: existe un conflicto entre quienes consideran sabio el proteger siempre el derecho de los demás a la vida, aún a costa de ellos mismos, y quienes están dispuestos a violar dicho derecho, si ese es el precio a pagar para mantener el control de las circunstancias y las condiciones en las que han decidido vivir. Tercero: con frecuencia, en nuestra sociedad existe un conflicto entre quienes tienen como prioridad el bienestar de sus cónyuges y niños, y quienes están convencidos de que sus familias existen para su propia satisfacción.

Los conflictos que he planteado y los cuales sentimos profundamente, forman el contexto al que hoy se nos llama en esta liturgia de instalación, para que renovemos nuestro compromiso con nuestra identidad y misión como apóstoles de la sabiduría de Dios, al seguir el ejemplo de santo Tomás de Aquino.

En este primer día de mi servicio como el pastor principal de la Iglesia de Detroit, renuevo mi determinación a predicar y enseñar con la ayuda del Espíritu Santo y, sobre todo, a vivir esta sabiduría, la sabiduría revelada de Cristo crucificado, confiada a la Iglesia y transmitida a nosotros por los Apóstoles y sus sucesores.

Invito a mis hermanos obispos y sacerdotes, y a nuestros diáconos, especialmente a los sacerdotes y los diáconos de la Arquidiócesis, a unirse a mí en la renovación de este compromiso. Con frecuencia, la hostilidad del mundo hacia la sabiduría que predicamos nos trae pruebas, y por eso necesitamos el apoyo mutuo y la motivación que obtenemos de nuestra comunión fraternal en nuestro ministerio pastoral.

Invito a quienes han hecho los votos a la vida consagrada a encontrar en este día un momento providencial, un kairos, para dar una nueva respuesta a la vocación de experimentar en el presente la vida del mundo por venir, de manera que nuestro mundo vea por sí mismo que el rumbo más sabio es "sacrificar la vida para poder hallarla" (Cf. Mt. 16: 25).

Y hoy es justo el día apropiado para que todos los fieles de la Arquidiócesis acojan nuevamente la sabiduría del Evangelio y prometan nuevamente lo que prometieron en su Bautismo: que renuncian al espectáculo vacío que se hace pasar por sabiduría en el mundo, y que pondrán toda su esperanza para la verdadera felicidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y la vida del mundo por venir que ya se ha vivido en la comunión de la Iglesia.

Esta sabiduría de abandono total a Dios y Su voluntad para nosotros, no nos indica que volvamos la espalda a los acontecimientos y a las circunstancias de nuestros tiempos. Al contrario: nos enseña a ver que las pruebas y los triunfos de nuestra época son guiados por la amorosa Providencia de nuestro Padre Celestial, y que son oportunidades para crecer en amor al responder a estos acontecimientos con el amor que nace de la absoluta confianza en Dios. Este amor sabio es nuestra fuente principal de fortaleza en estos desafiantes tiempos económicos.

Aquellos de ustedes que son padres, por favor, enseñen esta sabiduría a sus hijos en lo que digan y, sobre todo, en la manera en que ustedes viven. Esta sabiduría de la cruz es el regalo más grande que le pueden dar a quienes ustedes aman tanto.

Deseo, en particular, comunicar a los cristianos jóvenes — adolescentes y jóvenes adultos — la invitación que el Espíritu Santo nos hace en el día de hoy: que nos renovemos al asirnos de la sabiduría del amor crucificado. Este momento en la jornada de sus vidas les hace cada día más conscientes de su capacidad para amar y recibir amor. Hay muchas voces que buscan dar forma a su capacidad para amar, de acuerdo con sus visiones e intereses. Permitan que sea la sabiduría de Cristo sobre el amor la que les dirija y forme ese talento, que nace en sus corazones y en sus mentes, pues Dios es el autor de su amor necesitado, y Su sabiduría es el único plan que verdaderamente dará satisfacción a ese anhelo.

 

Al acercarme a la conclusión de mi prédica, deseo hacer reconocimiento de dos obispos, cuyo ministerio sacerdotal ha sido ejemplo del servicio a la sabiduría del amor crucificado. El primero es nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto. Asumir el liderazgo de la Arquidiócesis de Detroit es para mí un acto de profunda comunión eclesial con él y, a través de él, con todo el Colegio Episcopal y, por ende, con todo el Pueblo de Dios. Arzobispo Sambi: estamos particularmente agradecidos por su presencia hoy ya que, como representante del Santo Padre, nos ofrece un signo visible de esta comunión. Como lo hacemos cada día, pero especialmente hoy, oramos para que el Señor, que lo llamó a la Silla de Pedro, continúe fortaleciéndole y pueda "fortalecer a sus hermanos y hermanas" (Lc. 22: 32). Continuemos apreciando su amor paternal y su cuidado por nosotros, y amémosle a cambio.

En segundo lugar, deseo reconocer al Cardenal Maida quien, por casi diecinueve años, ha guiado a esta Arquidiócesis en los caminos de la sabiduría de Cristo, como lo hizo su predecesor, el Cardenal Szoka. De parte de todos nosotros, le ofrezco un sincero agradecimiento por su ministerio y le prometemos nuestras constantes oraciones y nuestro duradero afecto.

Ahora sólo nos queda recordar la muerte y la resurrección del Señor en el sacrificio Eucarístico. De acuerdo con el plan del Padre, no fue suficiente que nos demostrara el propio amor divino en la Pascua del Hijo, sino que fue su voluntad hacer presente el Misterio Pascual a través de símbolos perceptibles y, aún más asombrosamente, convertirlo en nuestro alimento y nuestra bebida en este Santísimo Sacramento. Como el Espíritu Santo derrama en nuestras mentes y corazones la sabiduría del amor crucificado a través de mi ministerio — tan indigno como soy —, abrámonos, como santo Tomás de Aquino, a su gracia, de modo que un día nos convirtamos en estudiantes merecedores y apóstoles eficaces de su verdad.

Resumen (para ser traducido y pronunciado en español)
La instalación de un obispo es, para él y su rebaño, un momento en el que se renuevan su identidad y misión. Celebrar mi instalación como arzobispo en la memoria de santo Tomás de Aquino nos ayuda a entender que conservar y enseñar la sabiduría de Cristo es una dimensión esencial de nuestra identidad y misión. San Juan nos enseña que en el corazón de dicha sabiduría se encuentra el amor a Cristo, y amarnos unos a otros como Cristo nos lo enseñó. San Pablo nos recuerda que en este mundo en decadencia, dicho amor siempre conlleva compartir en la cruz de Cristo. En esta Misa, renovemos nuestro compromiso para ser apóstoles de la sabiduría de Cristo, y recibamos de Cristo, en la Sagrada Eucaristía, el poder para llevar vidas verdaderamente sabias; en otras palabras, el poder para amar.

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